Médica y Cirujana · Magíster en Salud Sexual y Reproductiva – Universidad del Rosario · Bogotá, Colombia
Una lectura psicológica de los vínculos afectivos cuando la enfermedad lo transforma todo
Cuando una persona enferma gravemente, no enferma sola. La pareja, si existe, entra también en una zona de transformación profunda. Los sueños compartidos, los proyectos, la vida sexual, los roles establecidos: todo se reorganiza de manera abrupta y frecuentemente sin acompañamiento profesional. Comprender esta dinámica es fundamental para los equipos de cuidados paliativos y para los psicólogos que trabajan en contextos de enfermedad avanzada.
La investigación fenomenológica muestra que las personas con enfermedades crónicas incurables atraviesan, en sus relaciones de pareja, tres posibles trayectorias: la conexión, la desconexión y la reconexión. Lejos de ser una progresión lineal, estas trayectorias coexisten, se superponen y se modulan por la historia previa de la relación, la calidad del vínculo y la manera en que cada persona elabora su propia pérdida.
“La esencia de la sexualidad e intimidad al final de la vida no es el acto: es la sensación de estar conectado con el otro.”
La conexión se fortalece cuando el vínculo previo era sólido. En esos casos, la cercanía a la muerte intensifica los sentimientos de pertenencia mutua, el apoyo incondicional y las manifestaciones de afecto. La relación se vuelve, paradójicamente, más íntima. La sexualidad se desplaza desde lo coital hacia el contacto físico, los gestos, la presencia: formas de amor que la medicina aún no sabe cómo prescribir, pero que son igualmente terapéuticas.
PARA LA PRÁCTICA PSICOLÓGICA
Haber construido una relación de pareja sólida funciona como factor protector. Las intervenciones dirigidas a fortalecer el vínculo pueden mejorar significativamente la calidad de vida del paciente y de su cuidador.
La desconexión, en cambio, emerge cuando los tratamientos médicos, los dispositivos como sondas o catéteres, las alteraciones de imagen corporal o las dificultades previas de pareja crean distancia física y emocional. Esta desconexión no es inevitable ni irreversible, pero sí requiere intervención. Los psicólogos que acompañan a estas parejas deben crear espacios donde se pueda hablar del miedo a dañar al otro, del duelo por la vida sexual compartida, de la culpa y del amor que persiste a pesar de todo.
La reconexión, finalmente, es posible cuando se brinda el acompañamiento adecuado. Implica replantear juntos las expectativas sobre la intimidad, explorar nuevas formas de expresión afectiva y reconocer que el amor, como lo propone la filósofa Ana Fascioli, es la primera condición sobre la que se construye la identidad. Cuidar al otro desde el amor no es solo un acto emocional: es un acto que sostiene la dignidad del que está muriendo y la salud del que cuida.
Nuestra responsabilidad como profesionales de la salud mental es nombrar estas realidades, no esperar a que los pacientes o sus parejas lo hagan. Preguntar, acompañar y, cuando sea necesario, derivar a terapia sexual especializada. El vínculo de pareja puede convertirse, con apoyo, en la herramienta terapéutica más poderosa de los cuidados paliativos.
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