El derecho al placer no caduca: sexualidad al final de la vida

Alexandra Caballero Guzmán
junio 5, 2026

Médica y Cirujana · Magíster en Salud Sexual y Reproductiva Universidad del Rosario · Bogotá, Colombia

Por qué los profesionales de la salud debemos dejar de ignorar una dimensión esencial del ser humano

Existe una frase que André Comte-Sponville dejó escrita y que los equipos de cuidados paliativos deberían tener presente en su práctica cotidiana: somos mortales y sexuados al mismo tiempo, incapaces de escapar ni a la muerte ni al deseo. Esa doble condición no desaparece cuando un paciente ingresa a un programa de cuidados paliativos. Y, sin embargo, la dimensión sexual de las personas que atraviesan el final de la vida es sistemáticamente ignorada.

La Organización Mundial de la Salud define la sexualidad como una cualidad inherente al ser humano que abarca el sexo, el género, la orientación sexual, el erotismo, el placer y las relaciones íntimas. No se trata, pues, únicamente de la actividad coital. Hablamos de una dimensión que integra el bienestar físico, mental, social y espiritual. Reducirla a su expresión más mecánica es, en sí mismo, un acto de violencia simbólica contra nuestros pacientes.

“Experimentar el placer y el amor puede considerarse la última frontera de la normalidad para quienes lo han perdido todo: la salud, la independencia, la vida laboral.”

La investigación en este campo es contundente. Un metaanálisis publicado en Annals of Palliative Medicine identificó que la atención a la sexualidad está prácticamente ausente en los cuidados paliativos integrales, a pesar de que las personas enfermas siguen deseando contacto íntimo, afecto y conexión con sus parejas. El motivo no es la falta de necesidad: es la falta de preparación y apertura de quienes cuidamos.

Esta brecha entre la necesidad del paciente y la respuesta del sistema es un problema de humanización. Nuestros pacientes enfrentan ya suficientes pérdidas: la autonomía, la imagen corporal, los proyectos de vida. Permitirles preservar la intimidad y el amor como dimensión activa —no residual— de su existencia es un acto clínico y ético al mismo tiempo.

La solución no es solo técnica. Requiere que los profesionales revisemos nuestras propias creencias sobre la sexualidad en la vejez, la enfermedad y el final de la vida. Requiere formación específica en las escuelas de medicina, enfermería y psicología. Y requiere, sobre todo, que seamos capaces de abrir conversaciones que hoy evitamos por incomodidad propia, atribuyéndola erróneamente a incomodidad del paciente.

Humanizar la salud en este contexto significa reconocer que el deseo de ser amado y de amar no tiene fecha de caducidad. Cada paciente que recibe cuidados paliativos merece que le preguntemos, con empatía y sin prejuicios, cómo está viviendo su intimidad. Ese gesto, pequeño en apariencia, puede ser enormemente reparador.

alexandracaballeropinto@gmail.com

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